lunes, 14 de mayo de 2007

Machupichu, No. Basta ya de explotación turística

Aquí un artículo publicado en el portal de terra.com.pe, su autor es el sociólogo limeño Javier Garvich. Muchas ideas parecen demasiado sensatas; sin embargo, el mundo ideal de los sociólogos del anti-turismo es una utopía que se aleja cada vez más de la realidad materialista de los últimos tiempos. El artículo se encuentra en: http://www.terra.com.pe/noticias/articulo/html/act828662.htm

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Machupichu, No

Basta ya de explotación turística

Sí, como lo leen. El circo mediático montado en torno a una votación por Internet sobre las nuevas siete maravillas no nos hace ninguna gracia. Y sabemos que nuestra opinión es minoritaria y perseguida. Sin embargo, aún a riesgo que nos tiren pedradas –mediáticas o reales- damos las razones por las cuales rechazamos estas iniciativas de las transnacionales turísticas. Razones que empiezan por nuestro amor a Machupichu y a la cultura peruana en general.

El turismo se ha convertido en una de las grandes plagas de la postmodernidad. Cada año, millones de consumidores de los países desarrollados toman por asalto playas, palacios y ciudades enteras buscando satisfacer su curiosidad y ocupar su ocio. “¿Dónde van a pasar sus vacaciones este año?” es la típica conversación de sobremesa entre franceses, alemanes o japoneses. Esto ha llevado a una masificación inaudita del turismo que ha levantado aeropuertos mastodónticos (con su cuota de contaminación acústica), playas de uso exclusivo para extranjeros, toneladas de basura sin reciclar y un encarecimiento artificial de precios en espacios (y temporadas) determinadas.

Ese turismo masivo, además, destruye los propios monumentos que se exhiben. Incluso edificios tan modernos como el parisino Centro Cultural George Pompidou tuvo que cerrar durante un par de años para rehabilitarse ante el desgaste que sufría merced a su popularidad. La Ciudad Prohibida de Pekín tiene el candado puesto hasta que las Olimpiadas del 2008 le obliguen a exhibirse (para luego cerrarla otra vez más, pues tienen mucho que arreglar). La celebérrima torre inclinada de Pisa estuvo clausurada al público más de una década y ya veremos cómo se defenderá de la insaciabilidad turística. Y no muy lejos, el alcalde de Venecia va a aplicar una polémica legislación dado los niveles de contaminación y acumulación de basura que trae consigo, inevitablemente, una marea de cientos de miles de turistas concentradas en pocos días.

Cualquier arqueólogo puede decirnos (en voz baja, claro) el nivel de desgaste de nuestros principales monumentos históricos, desgaste agravado por la inexistencia de fondos permanentes que puedan utilizarse en el cuidado y preservación de nuestro patrimonio. Por no mencionar las inevitables salvajadas de unos cuantos metidos en el mainstream turístico: El daño causado al Intihuatana de Machupichu o los graffitis que realizaron, casi con impunidad, dos jovenzuelos chilenos sobre los muros incaicos del centro histórico del Cuzco.

A eso añadimos otro daño: El social. El turismo internacional de masas afecta el entorno social de los lugares visitados. Crea una elevación artificial de precios, promueve una demanda hotelera que se traga edificios históricos y los redecora en función de los gustos y necesidades del turista opulento. Y, además, promueve la diferenciación entre extranjeros y peruanos, creando en la práctica ciudadanos de primera o de segunda: Los primeros –como las empresas mineras o los inversores internacionales- lo pueden hacer casi todo, se le otorgan privilegios, se les mima públicamente, todo en espera de sus buenas propinas. Los segundos, incapaces de pagar servicios a precios internacionales, son tratados con desprecio en los hoteles, se les echa sin miramientos de los restaurantes inscritos en los grandes circuitos, reciben un trato denigratorio en trenes y demás servicios turísticos donde cohabitan con extranjeros. Por no hablar de subproductos sociales como el bricherismo (ayuntarse interesadamente con extranjeros de otro sexo) que no es otra cosa que prostitución disfrazada, que se festeja hipócritamente como picaresca si se trata de hombres, pero que pierde cualquier significado positivo si es ejercido por mujeres y, peor aún, por menores de edad.

Llegado a este punto quiero dejar en claro que no es mi objetivo cerrar Macupichu a los turistas, penalizar a los visitantes extranjeros o prohibir el turismo en general. No, por favor. Lo que quiero primero es ver los problemas evidentes que produce una práctica internacional que afecta a todos los países. Lo segundo, reflexionar sobre qué tipo de turismo queremos para nosotros ¿Queremos un turismo depredador, que implique dinero fácil a costa de la destrucción de nuestro entorno? ¿Queremos un turismo que fabrique nuevas categorías sociales atentatorias para nuestra identidad y nuestra ciudadanía? ¿Queremos un turismo de “usar y botar” donde tengamos que competir con otros países en saber aguantar los excesos de los espléndidos consumidores del extranjero?

¿O queremos un turismo mucho más a escala humana, que respete el medio ambiente y ayude al desarrollo integral de TODOS, visitantes y residentes? ¿Un turismo no de efectismo audiovisual sino de conocimiento integral, de desarrollo cultural, de intercambio de experiencias?

El concurso internacional de marras no es otra cosa que una operación comercial destinado a publicitar nuevas rutas turísticas de masas, con toda la parafernalia empresarial que puedan imaginarse. Concurso que juega con nuestro orgullo nacional y nos promete millones de divisas como premio. En el fondo es una versión nueva de explotar nuestro país, su patrimonio y sus gentes. ¿Lo permitiremos?